¡QUE VIVA LA NAVIDAD!

La historia de Navidad contada a los niños

JESÚS EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

Cuando Jesús cumplió los 12 años, y según las costumbres de su pueblo y de su religión judía, ya era considerado como adulto, podía celebrar las fiestas religiosas con todos los hombres. Entonces fue con María y José a la Ciudad de Jerusalén, para participar allí en la gran fiesta de la Pascua.

La Pascua era la celebración  más importante de los judíos. En ella recordaban cómo Dios los había sacado de Egipto, donde eran tenidos como esclavos.

Cada familia llevaba al Templo un cordero, los sacerdotes lo mataban y ofrecían la sangre a Dios, después regresaban a la casa con el cordero muerto, lo asaban y se lo comían en la Cena Pascual, acompañado con lechugas, con pan y con vino, mientras el papá iba contando a toda la familia, los milagros que Dios había realizado en su favor, para sacarlos de aquel país, con la colaboración de Moisés. A terminar la comida, todos juntos daban gracias a Dios por su gran amor y su infinita  bondad.

En su Evangelio, San Lucas nos cuenta que Jesús celebró con María y José la fiesta de la Pascua, tal y como lo mandaba la ley. Sin embargo, cuando ya estaban de regreso con los demás peregrinos, María y José se dieron cuenta de que Jesús no iba en la caravana con ellos. Entonces muy asustados se devolvieron a buscarlo, y lo encontraron en el Templo, hablando con los maestros de la ley, sobre Dios.

“Y sucedió que al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que lo oían estaban sorprendidos por su inteligencia y por sus respuestas… María le dijo: – Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, andábamos buscándote. Él les dijo: – Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no entendieron lo que les había querido decir” (Lucas 2, 46-49).

Después, nos dice el mismo evangelista, Jesús regresó con María y José a Nazaret, y siguió obedeciéndoles en todo, y “crecía en estatura, en sabiduría, y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2, 52).

Allí, en Nazaret, Jesús vivió 18 años más, como una persona cualquiera. Trabajaba en el taller de José, ayudaba a la gente en lo que podía, oraba y aprendía cada vez más cosas sobre Dios, a quien amaba como el mejor de los papás, hasta que un día, cuando cumplió 30 años, se despidió de María, y se fue a predicar por todas partes, su Mensaje de Amor. En lo más profundo de su corazón sentía que esta era la misión que Dios Padre le había encomendado y que él tenía que cumplir. Pero otro día hablaremos de esto en otro libro.

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