JESÚS NACE EN BELÉN

El tiempo iba pasando y cada día estaba más cerca el nacimiento del hijo de María y de Dios.

José ya tenía lista la cunita y María había tejido con sus propias manos la cobija, los pañales, y las camisitas. Las vecinas, muy amables, les habían dicho que no tenían por qué preocuparse de nada, porque ellas estaban allí para ayudarles en todo, cuando llegara el momento.

Pero ocurrió algo inesperado. El gobernador romano tuvo la gran idea de mandar que todos los que vivían en Israel tenían que ir a la ciudad de donde era su familia, para inscribirse en el censo, porque quería saber cuántas personas habitaban el país. José y su familia eran de Belén, una ciudad muy lejos de Nazaret, y hasta allá tuvo que irse con María, que ya estaba próxima a dar a luz. Nos lo cuenta el Evangelio de San Lucas:

“Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronara todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta” (Lucas 2, 1-5)

Como pudo, con la ayuda de los vecinos y vecinas, que se pusieron muy tristes, José organizó todo lo que necesitaban para el viaje, subió a María en su burrita, y emprendió el largo camino hacia Belén. Tenía que ir muy despacio para que María no se cansara y para que no le fuera a suceder nada malo al niño que llevaba en su seno.

Durante el viaje, ¡gracias a Dios!, no ocurrió nada especial. María y José estaban tranquilos porque sabían que Dios los protegía; caminaban un rato largo, y luego descansaban a la sombra de una palmera, o a la orilla de un manantial; por las noches José hacía un cambuche para protegerse del frío, y al amanecer, con los primeros rayos del sol, reiniciaban el recorrido. En el trayecto se iban encontrando con otras familias, y poco a poco iba creciendo el número de viajeros. Así fue hasta que llegaron a su destino: Belén de Judá, la ciudad del Rey David.

Cuando estaban ya muy cerca de Belén, María sintió que iba a nacer Jesús, y en secreto, sin que nadie la oyera, se lo dijo a José, que se puso muy nervioso. Entonces apuraron un poco el paso, y se fueron a buscar dónde hospedarse, pero no pudieron encontrar ningún lugar adecuado para quedarse, porque era un momento muy especial, que los dos querían vivir en gran intimidad con Dios, lejos de la curiosidad de la gente.

Tuvieron que salir de nuevo de la ciudad, para dirigirse al campo, donde los pastores llevaban las ovejas a pastar. Allí José encontró una gruta amplia y resguardada del frío; la limpió lo mejor que pudo, y organizó todo para que María pudiera estar tranquila y cómoda.

¡Y Jesús nació!… Nació y lloró como nacen y lloran todos los niños del mundo… ¡Era un niño hermoso, frágil y tierno… necesitado de calor y de protección… necesitado de amor y de cuidados…! José y María, muy emocionados, se los dieron todos… lo acariciaron y lo besaron, le pusieron las ropitas que María había tejido, y lo colocaron en el pesebre… Después, muy felices, dieron gracias a Dios Padre por todo lo que había hecho con ellos y por haberles dado un hijo tan maravilloso.

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